¿Qué le queda a una persona una vez que ha perdido toda ilusión por cualquier cosa?
Cuando hablo de tal persona no me refiero a la que está triste y busca algo a lo que aferrarse como aliciente para las horas bajas, algo que la motive a levantarse cada mañana. No, me refiero la total pasividad e indiferencia por parte de esa persona ante todo lo que encuentra frente a sus ojos, día tras día, en el mismo contexto, aunque un cataclismo cambie todo lo que hoy existe y lo disponga de manera radicalmente diferente.
Al leer estas líneas, seguro que acudirá a la mente de muchos la típica imagen del abuelo de 75 años que está cansado de vivir y que ya no le queda nada más que hacer en esta vida que esperar con paciencia el día de su muerte. Pero no es así, pues muchos abuelos viven con la ilusión de ver a sus nietos cada domingo. ¿Qué pasaría, por tanto, si en lugar de hablar de ese manido estereotipo me estuviese refiriendo a un chaval de tan sólo 18 años?
Tengo un buen amigo al que en ciertos aspectos no le va mal, pero al que la vida no trata muy bien. Desde pequeño siempre le ha tocado vivir en el papel del perdedor, del desgraciado, del paquetillo, del niño endeble al que todos manipulan, insultan y miran por encima del hombro, del simplón del que todos se aprovechan... Su corta historia está plagada de discretas victorias y, sobre todo, de estrepitosos fracasos. Por más que se esfuerza en que las cosas le vayan bien, siempre hay algo que echa a perder sus mejores propósitos. Y así transcurre su día a día, entre palo y palo de la vida.
De tales desastres se recuperaba, al principio, tratando de levantarse por todos los medios, echándole huevos a los problemas, intentando olvidarse de lo que pasaba, pensando en el mañana como una nueva oportunidad para cambiar, asiéndose a cualquier cosa como pretexto para olvidar lo sucedido, aunque no encontraba nada que lo motivase a levantarse cada mañana (ejemplo perfecto del primer tipo de persona que antes citaba). Sin embargo, finalmente lograba huir del atolladero en el que se hallaba y conseguía salir adelante, si bien con sangre, sudor y, sobre todo, lágrimas, muchas lágrimas.
A cada época de tristeza seguía otra de alegría, confort y plena satisfacción. Entonces se sentía capaz de todo y no sentía miedo por nada, así que emprendía de nuevo la búsqueda de la felicidad, la cual ansiaba encontrar por diferentes caminos. Miraba con ilusión al futuro, dejando olvidado el pasado, y anhelaba llegar a ser algún día una persona de bien, un periodista de prestigio con su propio programa de radio o su propia columna en un diario de tirada nacional. Se veía en el Congreso, no como presidente del Estado, sino como un simple diputado más, y se moría de ganas por que llegara ese día para contribuir con sus esfuerzos a levantar su patria. Así como también soñaba con encontrar el amor de su vida, alguien con quien compartir su cariño, sus ilusiones, su vida.
Pero todo ello se fue desvaneciendo una vez más, y cuando conseguía levantarse de nuevo y volvía a sentirse con fuerzas para intentarlo todo de nuevo, otra vez se repetía la historia.
Finalmente, se dio cuenta de que, por mucho que luchase por reconstruir su realidad personal e intentar vivir en armonía consigo mismo y con el mundo, siempre iba a llegar un momento en el que todo volvería a irse a la mierda. Todo.
Cierto día, hastiado por la rutina, se detuvo a reflexionar profundamente sobre todo lo que había vivido hasta entonces. Sentía cómo una terrible desilusión invadía su alma, por lo que repasó una por una todas aquellas cosas que antes despertaban en él tan grandes ánimos. Pero lo que halló por respuesta no hizo sino hundirlo aún más en el abatimiento.
Su pasión demócrata desapareció por completo tras contemplar con impotencia la absoluta inutilidad de la clase política española, cuyos diversos partidos se afanan en alimentar discusiones sin sentido y en culparse mutuamente de situaciones absurdas o que ya no tienen remedio, en lugar de favorecer el consenso con el que solucionar definitivamente los verdaderos problemas del país.
Su vocación periodística, lo único que verdaderamente lo había llenado de ilusión en mucho tiempo, saltó hecha trizas tras comprobar hasta qué punto la información de los respectivos medios está manipulada en función de intereses políticos, comerciales y/o de cualquier otra índole, especialmente tras la guerra de Irak, el 11-M y las elecciones de 2004.
Por último, su temperamento esencialmente romántico y enamoradizo se vio sustituido por un carácter seco, frío y duro, fruto de los numerosos desengaños amorosos sufridos en poco menos que dos años. Y esta es la principal causa de su desánimo y frustración actuales, porque en nada puso más empeño que en enamorar a una mujer, y lo único que recibió en recompensa por parte de ellas fueron burlas, humillaciones y desprecio.
Todo ello, unido a la amargante rutina estudiantil, plagada de exámenes y profesores con mala cara y peores modos, ha sumido a mi amigo en un profundo estado de apatía. Yo me preocupo por él, como es normal, pero no le digo nada. Sería totalmente inútil mostrar compasión por él, y mucho menos intentar comprenderlo, aunque yo lo entiendo perfectamente. Y esto no es todo. Hay otras cosas mucho más graves que no detallaré aquí.
Y ahora, ¿qué? ¿Qué le queda a mi amigo? La vida se ha cebado con él, mostrándole siempre la cara más amarga de todas las cosas. Es comprensible que no le queden ganas de nada, porque, como él mismo me confiesa, está vacío, su alma no alberga ya otra cosa que resentimiento, odio y amargura. De vez en cuando, cuando lo visito, esboza alguna que otra sonrisa, pero a mí no puede engañarme. Yo sé perfectamente que son forzadas, y que lo hace por no desagradarme.
La mayoría de la gente opina que es muy negativo, y le dicen que debería cambiar el chip, que la única forma de ser feliz es ver las cosas de manera más positiva, y que se olvide de sus problemas, que piense en otras cosas. Cuando oye estos comentarios, mi amigo ríe amargamente, respondiendo: “Yo no soy negativo, sino realista. Yo vivo desde la experiencia, y si a mí la vida no me ha dado a conocer otras situaciones que las que he vivido, ¿cómo demonios quieren que piense en positivo, que me olvide de todo y piense en otras cosas? ¡¿En qué carajo quieren que piense, si no conozco otra realidad?!”.
Se nota perfectamente que quiere volar. Lo noto en sus ojos tristes y apagados. Lo único que le gustaría sería poder marcharse lejos, muy lejos, cuanto más lejos mejor, olvidarse de todo y dejarlo atrás. Está cansado de esta realidad. No quiere hablar, ni saber nada de nadie, ni salir con sus amigos, ni hacer nada en particular. Lo único que quiere es estar a solas con su desgracia, con su silencio y con su sufrimiento. A solas con su soledad.
Ahora mi amigo es un abuelo de 75 años al que lo único que resta es soportar día tras día la rutina cotidiana, para, al final de la jornada, tumbarse en la cama y mirar al techo mascando en silencio su amargura, tan sólo a la espera del día en que Dios lo recoja.
Eduardo Sánchez Pérez -> sanedu@gmail.com
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11 comentarios en esta anotación »
Jota
# julio 6, 2005
Fëarûth
# julio 6, 2005
Mechanical
# julio 6, 2005
CalheR
# julio 7, 2005
Pablo Buentes
# noviembre 11, 2005
Jesu
# noviembre 11, 2005
CalheR
# noviembre 11, 2005
Jesu
# noviembre 11, 2005
m. j. garcia
solo me queda pedirte perdon por leer algo tan tuyo y atreverme a darte consejos pero es que soy madre y no me gustaria leer nada tan triste de mis hijos.
acuerdate de sonreir
sonreir aunque estes triste
porque mas triste que una sonrisa triste
esta la tristeza de no saber sonreir.
# agosto 11, 2006
kane
# agosto 14, 2006
Jota
# agosto 16, 2006
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