Y allí estaba aquel viejo televisor de no más de 10 pulgadas, de una marca made in Spain cuya cuota de mercado sería realmente escasa, cuyo color negro había dado paso a un gris muy oscuro. Aún recuerdo algunos de los momentos que pasé delante de ese pequeño televisor, recuerdo esas mañanas infinitas de programación infantil donde Oliver y Benji o Bola de Dragón eran los líderes indiscutibles, de hecho recuerdo aquella mañana del verano de 1997 cuando se dio una de las noticias más mediáticas de la historia del papel couché y de las monarquías modernas, la trágica muerte de Lady Di. No recuerdo exactamente que serie animada disfrutaba en aquel momento, pero recuerdo con claridad la rabia que se apoderó de mí cuando ví con estupor como todas las cadenas ponían sin cesar la noticia (que sin duda sólo era el preludio de una de las mayores parafernalias que se hayan visto en el siglo XX), y como la diversión programada para menores había sido cancelada.
Hoy en día, el televisor no es más que otra pieza estrafalaria que adorna el largo mueble del salón-cocina-dormitorio de este apartamento. Sin duda, es una estampa de lo más curiosa pues sobre el pequeño y viejo televisor reposa una maqueta de un barco de vapor de los que podrían haber surcado seguramente las aguas del Támesis o alguna de las recientes tierras ganadas al mar en la siempre hiperactiva Holanda. No deja de hacerme gracia el hecho de que aquel televisor haya dejado de cumplir su función alienante y destructiva, y se haya convertido por si sólo en un objeto decorativo de los más interesante, y quien sabe puede que dentro de 20 o 30 años, lo que hoy no es más que un pedazo de chatarra que está pidiendo a gritos ser reciclado y cumplir a si su ciclo, se convierta una pieza de coleccionista para algún futurible loco por los años 90, como cómicamente se puede ver en la aberrante distopía de músculos y poco seso de Silverster Stalone, Demolition Man.
Mientras mi mente se deja ocupar por la transmisión en palabras, de ese detalle de la habitación, uno de mis hemisferios cerebrales disfruta como loco de los acordes y efectos sonoros de Pink Floyd y su ya mítico Dark Side of the Moon del 73, cuyas canciones suelen sonar de fondo en las retahílas de Jesús Quintero en su programa de entrevistas, cuyo nombre y cadena de emisión es errante cual aventurero de poca monta.
Al final, releo las palabras escritas y la tristeza se adueña de mí, no es lo realmente me hubiera gustado transmitir, en mi cabeza había construido una historia más poética, más elaborada, pero ese es el problema y es el hecho de que transmitir al exterior lo que en tu materia gris ha sido un chispazo de inspiración producto de alguna señal eléctrica, que podría ser una gran pieza, acaba convirtiéndose en una pieza de mercadillo, una pieza de artesanía barata que venderías a un turista por unos pavos, y el caso es que no es relevante el hecho de aventurarse dentro del cráneo de uno mismo, porque es como un mar que está atrapado dentro de una bóveda muchísimo más imperfecta que la que nos ofrece el cielo, y que por el contrario nos ofrece en gran parte lo que es nuestra vida, ¿no es irónico? Y hablando de cielos, jamás en mi vida que yo recuerde he visto un cielo tan hermoso como el que se puede disfrutar en Villa Adriana, a los pies de un escarpado y hermoso pueblo del Lazio a unos escasos 30 kilómetros de Roma. Aquel cielo eran tan azul y reflejaba los rayos del Sol de una manera tan perfecta que parecían artificiales, y en cuanto artificiales me refiero a que parecía que Miguel Ángel se acaba de subir a una escalera y lo había pintado a grandes brochazos de azul, mientras alguno de sus alumnos le facilitaba un pan de oro realmente elaborado, que parecían proyecciones de la belleza y la perfección de las que hablaba Platón en su Mundo de las Ideas. Creo que mientras viva no olvidaré aquel resplandeciente cielo italiano, que por un momento me permitió experimentar lo que era la eternidad. Además mi observación fue de lo más panorámica, tumbado en el suelo dejé a mi mirada perderse en aquello, que desde entonces está grabado a conciencia en lo que soy ahora; como panorámica es la visión que ofrece el antiguo observatorio de la Villa del gran Adriano, cuya última planta ofrece una perfecta visión en 360º de todo el valle del Lazio, algo impresionante, la verdad, para que negar la evidencia.
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